COMISION DE DISCAPACIDAD: 1º SABADO DE CADA MES PLAZA MONTENEGRO DESDE LAS 10 HS. MARTES DE 9 A 12 HS Y VIERNES DE 16 A 19 TERMINAL DE OMNIBUS ROSARIO REUNIONES: 1º Y 3º LUNES DE CADA MES EN LA TOMA (TUCUMAN 1349).

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memoria / entrevista a ángel seggiaro

MARITA COUTO
Don Ángel Seggiaro, Angelito, cumple 
95 años en este abril. Hace pocos años 
él y su esposa Nilda se mudaron a Salta desde 
 su Santa Fe natal porque aquí, en 
Salta, vive su hijo menor, Raúl, con su 
familia. 
Don Ángel cuenta su historia, recibe
a quien escribe en su casa llena de  recuerdos, de fotografías. Sabe muy  
bien de qué quiere hablar pues preparó 

cuidadosamente el temario y las ideas 
principales. 
Y entonces cuenta que fue el  
inmenso dolor por la desaparición de su  
hijo mayor, Osvaldo Angel Seggiaro en  
1977 el que le dio fuerzas para dejar el 
miedo a un lado y salir a luchar junto a padres 
 y madres de Rosario de Santa Fe  
por saber de sus seres queridos. 
Así recorrió con 
su esposa el 
barrio donde 
la empresa 
Cornero  realizaba la construcción de la cual una 
patota se llevó a Osvaldo que era 
ingeniero civil. 
El coronel Juan Orlando Rolón, jefe 
del área 212 se negó a recibirlo; se metió 
en la Guardia de Infantería Reforzada , 
averiguó que el ingreso de Osvaldo 
había sido registrado en el Libro de 
Guardia; se enfrentó con el entonces 
jefe del II Cuerpo de Ejército, Leopoldo 
Fortunato Galtieri y marchó y pidió, 
investigó y creó, junto a otros papás y 
mamás y familiares, la delegación 
Rosario de la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos). Años después, sin haber podido saber qué fue de Osvaldo, inició 
junto a otros compañeros y compañeras 
el juicio por el derecho a la verdad. Farmacéutico de profesión tiene  
muy claro que los medicamentos son un 
derecho y que la producción de 
genéricos fue una de las variables más 
importantes en la caída del gobierno de 
Arturo Illia cuyo  Ministro de Salud era 
el salteño Arturo Oñativia. 
En la década del cincuenta del siglo pasado, primero en su pueblo Carmen  
(del cual fue declarado hijo dilecto) y 
luego en Rosario, Angelito y otros 
profesionales de la salud se opusieron 
a los usos bélicos de la energía nuclear. También se  comprometieron con el 
Consejo Mundial por la Paz que impidió 
el envío de tropas argentinas a la guerra de Corea; los talleres, esos viejos talleres 
ferroviarios que hoy son parte de la 
historia, reviven en la 
memoria de don Angel 
Seggiaro como ejemplo y 
testimonio de lo que eran Santa Fe y sus obreros en aquella época.  
Al hojear la segunda edición de 
“Proscripción de las armas nucleares”, 
editada por los médicos rosarinos y 
dirigida a Naciones Unidas el tiempo 
parece no haber pasado: hoy más que 
nunca la amenaza nuclear es real,palpable, inminente y requerirá del  
esfuerzo de pueblos y gobiernos para 
detenerla.
Han pasado horas desde que el grabador inicio su marcha:  newells y 
Rosario Central, el recuerdo de las 
primeras marchas de las Madres, el 
amor por su compañera de vida , por su 
hijo Raúl, sus nietas, su bisnieto. Todo ha sido desgranado con la inteligencia 
aguda y la memoria viva, militante, de 
Angelito. También el agradecimiento 
que estampa de puño y letra en la
carpeta de recortes y distinciones que nos confía para entregar a la 
Universidad: “A los profesores 
universitarios que me enseñaron a 
transmitir los derechos humanos”. 
Sin vergüenza quien escribe confiesa 
que, ya en la vereda del edificio de don 
Ángel Seggiaro, bajo los jacaranda es de la avenida Sarmiento caminó esa noche 
hacia su casa con las lágrimas corriendo
libremente por su cara: por la fuerza y  el compromiso que transmitió a sus dos 
hijos, por la injusticia y el dolor de no
haber podido encontrar el cuerpo de  Osvaldo, por tantas historias como la de 
don Ángel, por el honor de contar con
su confianza… y también porque a pesar de creer que los ángeles no existen, este  
Angelito hace que Salta y el mundo sean 
un lugar un poquito, aunque sea un poquito, mejor.
TESTIMONIO DE VIDA, MILITANCIA Y COMPROMISO
Un ángel en Salta Está estudiando violín. Desde el  movimimiento de Jubilados y Pensionados de Salta promueve
una campaña de ayuda para un Hogar de Ancianos olvidado por casi todos, especialmente por el Estado. Se ríe y sus ojos se iluminan, se vuelven más jóvenes.




Como la cigarra 
11/01/11


Por Silvana Melo 

(APE).- A ella fue que le dijeron que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres. Me lo transmitió entre sueños y muñecas cuando yo aún no tenía en claro ni el suelo que pisaba. Pero supe antes de conocer el color de mis ojos que debía cuidarme del vigilante y del juez y que nunca me iban a convencer de que la vida se siente y se vive con llaneza matemática.
El día en que me advirtió, con música festiva como para disimular, quemañana se lo llevan preso a un coronel por pinchar a la mermelada con un alfiler, supe que los monstruos a temer no eran los que yo imaginaba saltando de los roperos cuando me apagaban la luz o sacando por debajo de la cama una mano que me atrapaba las canillas. Los monstruos eran otros y estaban allí, en las esquinas confiadas y en los retoños de las revoluciones. Para cortar las cabezas de los sueños, una por una y en fila y dejar al futuro decapitadito y solo. Sin nosotros, todos mudos y desaparecidos. Pinchar a la mermelada con un alfiler era como asomarme la infancia al primer dedo de la perversidad. Cuarenta años después de que ella me lo dijera empezaron a llevarse presos a los coroneles y a los generales por torturas atroces que nacieron, acaso, desde el alfiler en la mermelada. Y terminaron en las parrillas humanas del infierno.
La amo por tantas cosas que entran en una cajita de fósforos. Que como todo sabio conoce, son infinitas e insondables. Por cascarrabias, por ermitaña, por negarse –con la dignidad opinable y ofendida con que lo hizo mi madre- a mostrarse en silla de ruedas por la vida. Por cantarme la infancia, la de mis amigos, la de los hijos de mis amigos, la de los nietos de mis amigos. Porque supo definir el corte brutal entre el amor y la preservación de la vida que impusieron los monstruos a golpe de guillotina: porque dijo que me duele si me quedo pero me muero si me voy. Y tantas veces también me moría si me quedaba. Me mataban si me quedaba. La amo por tantas cosas que le puedo perdonar sin un mínimo esfuerzo sus rabietas, sus renuncios, sus intolerancias, su ceño fruncido ante alguna reivindicación indiscutible.
Ella fue la que me contó una vez de una tortuga que quería hacerse un lifting en Europa por amor. Cuando nadie pensaba en plancharse el tiempo en la cara. Y ella tardó tanto en volver que el tiempo, pertinaz, le volvió al gesto resignado. Porque el tiempo es la marca implacable en la piel de las dudas, las tragedias y los mosaicos felices que pisamos.
Por eso le hacía decir a Osías –que así se llama mi propio oso dorado, sépanlo los que creen que los osos se marchan cuando una crece-quiero tiempo pero tiempo no apurado, tiempo de jugar que es el mejor. Por favor, me lo da suelto y no enjaulado adentro de un despertador. Los osos, es bueno revelarlo de una vez, se agrupan clandestinos alrededor de los niños que se mueren, de los que no alcanzan a vivir un año porque les faltó agua pura, leche, nutrientes y abrigo. De los que se caen como frutos tempranos en los arrabales de la tierra, en Misiones o en Formosa, en Salta o en Matanza. De los que aspiran bolsitas o los atrapa la policía, con la indefensión de la mermelada ante el alfiler. Ella, sin decir nada, hizo a Osías para pelusearles la panza cuando parece que el mundo es un ocaso inexorable y el país olvida a sus pibes alambrados afuera del porvenir.
Tan chiquita y debilucha era yo por los sesenta, cuando ella les advertía a las palomas que la Plaza de Mayo no es buen lugar,porque nunca se sabe cuándo va a desbandarlas el temporal. Les decía, a las pobres, que nunca aprendieron la lección, que el que vive por las cornisas temprano aprende a temblar. Como nosotros, las palomas se atrevieron a plantarse y a sobrevolar el peligro, aunque la rama de olivo y de laurel se les cayera sistemáticamente del pico cuando la tormenta se les venía encima. Ella les dijo allá, por los sesenta, que se fueron los cazadores y que ya nunca van a volver. Pero volvieron, volvieron tan feroces que la propia paloma sin olivo quedó crucificada en la pirámide y las viejas alrededor, de pañales blancos en la cabeza, resistiendo a los cazadores para que el regreso fuera, ahora sí, nunca más.
En realidad, todo este canasto de palabras es para aclarar que no me pienso creer ni loca lo que me mintieron en la radio. Si ella misma lo dijo y todos lo sentimos y lo cantamos y lo resignificamos para nuestra propia historia personal y colectiva. Si ella ya lo advirtió. Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando.Yo canté con ella y me dije y me grité que gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal porque me mató tan mal, y seguí cantando
Porque ella nos convenció de que tantas veces nos borraron, tantas desaparecimos y volvimos después de nuestro propio entierro. Solos y llorando. Pero vivos. Con los harapos de los sueños y las revoluciones. Con los brotes en los huesos. Vivos y en pie. Cantando al sol.




EXCITACIÓN POR LA MUERTE EN ARGENTINA

Hugo Alberto de Pedro - 10-12-2010

            Otros días más de luto -no oficial/gubernamental claramente y sin “K”, sino con “C” de cobardía o de cretinismo que nunca suponen/proponen/imponen colocar a la bandera nacional a media asta como señal de otro tipo de respeto y consideración humana- caen sobre la historia de la Argentina, como si las muertes de los “hijos del pueblo” podrían ser encuadernados o enviadas a simples planillas de cálculo en sucias estadísticas oficiales o periodísticas; tanto como en amarillentas páginas de nuestras crónicas escritas e impresas publicadas.

            Hacer un racconto, pormenorizado de todos los casos en forma individualizada, de los sucesos históricos a esta altura de las vivencias sería por demás de denso e incompleto seguramente y por lo tanto injusto, lo que supondría una falta de respeto a los muchos de los colonizados, torturados, desaparecidos, caídos y asesinados en diferentes circunstancias y pasajes históricos de nuestra existencia. Pero están en nuestra memoria impoluta la colonización/evangelización -verdaderos genocidios- y sumisión en todos nuestros ricos territorios de la América indígena, los que murieron en las fratricidas luchas intestinas americanas posrevolucionarias, las matanzas de los inmigrantes europeos posteriores a la primera guerra mundial: anarquistas, socialistas y por sobre todo dignos trabajadores, obreros y peones que habían llegado a nuestras tierras escapando de las hambrunas del otros lugares del mundo,  nuestros compañeros detenidos-desaparecidos por las dictaduras vernáculas y los luchadores sociales que pagaron con su vida por sostener sus principios de oponerse a la opresión imperante.

            En la Argentina de nuestros días comprobamos como los procesos judiciales y las matanzas cobardes e impunes caen sobre las mujeres y hombres pertenecientes a nuestros pueblos originarios -en las provincias del Neuquén y Formosa por ejemplo-.

            Ahora, en estos momentos, la realidad se hace patente en los barrios de Villa Soldati y Villa Lugano, en el denominado Parque Iberoamericano (cuyo nombre hoy parece lo más cercano a una parodia) a pocos kilómetros de las mismísimas Casa de Gobierno -Casa Rosada-, del Congreso Nacional -Parlamento-, de la Corte Suprema de Justicia de la Nación -Palacio de Justicia- y de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación cuando caen muertas y muertos habitantes de nuestro país que reclaman el más elemental de los derechos a una vivienda o un lugar para vivir con sus familias y que no están enrolados en las asquerosas fauces de las prebendas punteriles políticas o de supuestas Organizaciones de Desocupados o deleznables -cooptadas -otrora dignas, incorruptibles y contestatarias- Asociaciones de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo a las que durante decenas de años acompañamos por sentirnos orgullosos de su existencia y valentía.

            Vuelven en estos días las más lesivas descalificaciones hacia los inmigrantes, pobres y desocupados de nuestro país por parte de la clase política gobernante en la Nación o en las Provincias, como si ellos, los dicentes que en muchos casos a nivel nacional o provincial se trata de multimillonarias y multimillonarios, recién habrían descendido de una nave extraplanetaria. Tienen y demuestran una temible y terrible insidia hacia los inmigrantes de nuestros países hermanos del mundo y con un nivel de ensañamiento feroz si se trata de nuestros países limítrofes. Los descalifican y matan abominablemente delante de las filmaciones televisivas a las que cualquiera podemos tener acceso.    

            Todo esto produce un profundo dolor y malestar a cualquiera, y más aún a los que tenemos en nuestros mayores a inmigrantes pobres y desposeídos de todo lo imaginable, analfabetos totales al llegar a nuestro país en la búsqueda de tener un lugar mejor en el mundo y que han hecho sus vidas y familias con el esfuerzo de sus trabajos y las posibilidades de una mejor vida que nuestra tierra les otorgó sin beneficio político ni de inventario alguno y que han honrado a nuestro país.

            Por honor y reconocimiento a todos ellos -los referenciados antes en estas líneas- no podemos mantenernos en silencio, menos inertes, ni tampoco dejar de luchar de cualquier forma por su acompañamiento y reconocimiento de derechos. De las miserias de sus vidas que se hagan cargo buscando las soluciones definitivas los que tienen cargos políticos o públicos y viven de la política, algunos enriqueciéndose con ella, o bien defienden sus intereses mediante estar dentro de la cosa pública, parapetados o enquistados sin duda alguna.

            Justamente a más de seis décadas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la Argentina sus gobernantes (nacional y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) se apartan cobardemente de hacerse cargo de las problemáticas humanas sobre la falta de viviendas y la posibilidad de acceder a trabajos bien remunerados y legalmente establecidos.

            Para ellos la única solución debe ser abordada por la violencia entre los mismos habitantes a cualquier costo creíble como impredecible, o sea, entre aquellos que tienen una vivienda digna y conforman la condición de ser considerados clase media trabajadora -por ahora, porque el modelo capitalista vigente en gran parte del orbe cada día demuestra mejor que no garantiza estabilidad laboral y social alguna- y los que están desposeídos de todo.

            Por lo menos la “clase política” debería tener la dignidad, moral e impronta frente a los últimos nombrados de no ocuparse de ellos con: planes sociales de la miseria que únicamente hacen posible que la hambruna no se configure en un hecho social incontrolable; y de no utilizar a muchos como mano de obra o simple presencia física en los actos partidarios para los que sí aparecen los medios necesarios para que puedan ser transportados hasta donde el “poder” establece que deben hacerse presentes para aplaudir a cualquiera y gritar consignas impuestas.

            Muchas de las Organizaciones de Desocupados como de los autodenominados de Tierra y Vivienda, quizás originariamente constituidas con laudable intención, se han convertido en alas políticas o masa para los actos de algunos partidos políticos, incluido la propia facción peronista gubernamental que los utiliza sin ruborizarse.



Crimen de crímenes 
16/11/10


Por Silvana Melo 

(APe).- Si existe una revelación fría y certera del fracaso inapelable de la humanidad, ésa es el hambre. Un mundo que tolera la muerte de un niño cada seis segundos por enfermedades socias del hambre es una calamidad. Un desastre muy alejado de los brotes de ira de la naturaleza. El naufragio de los sueños de todas las revoluciones, la muerte a cuchillo de cualquier utopía. El hambre mata en complicidad con el hombre. El hombre sigue siendo su propio lobo; se devora a sí mismo, famélico y amoral.
La disminución de los hambrientos de 1023 a 925 millones entre 2009 y 2010, anunciada por la FAO, depende exclusivamente del precio de los alimentos y puede tener evoluciones elípticas el próximo año o en los meses venideros. No responde a una toma de conciencia brutal de los países ricos. A un repliegue repentino de los colmillos del hombre lobo del hombre. Sino a una parada ocasional de la rueda de la fortuna.
El Africa no produce alimentos y fabrica indigentes cada vez con más eficacia mientras los países privilegiados generan sofisticaciones tecnológicas,  banquetes y opulencia. No se puede dar vuelta la página ligeramente a la cruda verdad de haber vivido los primeros diez años del milenio en un planeta desangrado por la in-justicia. No se puede naturalizar el hambre inexorable de millones de personas mientras la riqueza se concentra en la siesta palaciega capitalista que tiene una discapacidad temible: la ceguera ante cualquier otra cosa que no sea el avistaje hedonista de su propio ombligo.
El pobre país que primereó las luchas contra la esclavitud y empujó a la negritud a irrumpir en la historia sólo aparece cíclicamente en la globalizada pantalla mediática cuando sube al cielo su aguja de catástrofes. Antes del terremoto de enero el 80 por ciento de la población de Haití sobrevivía con dos dolares diarios. Y los niños comían galletas de barro para engañar la panza. La movida de la tierra se tragó al dos por ciento de la gente, al gobierno, a las instituciones y a todo atisbo de estructura social que intentara erigirse en una de las tierras más pobres del planeta. Gran parte de las ayudas alimentarias durmieron meses en los hangares de la ONU. Y del auxilio económico prometido por el primer mundo con panderetas de traje y luces apenas llegó el 15 por ciento hasta noviembre.
Haití volvió, dramáticamente -al menos por un rato- a la cúspide noticiosa. Es que una epidemia de cólera se lleva a la gente como el humo venenoso a las hormigas. Todos los análisis convergen en que el brote habría sido traído por una delegación nepalesa de ayuda humanitaria de la ONU que dejó sus excretas en el río donde los haitianos van a buscar el agua. El mundo que convergió en Haití desde enero para oler su tragedia no hizo más que profundizarla. Lejos de salvar vidas, terminó de derrumbar el último techo de la esperanza, si es que alguna vez tuvo uno. 
El G-20 -el grupo de países industrializados y emergentes que celebró su reunión hace pocos días- ni siquiera mencionó la tragedia de Haití. El hambre no parece ser tema de discusión en el mundo. Aunque se mueran un niño cada seis segundos en el planeta y 25 niños por día en la Argentina por enfermedades parientes de la falta de alimentos.
No hubo menciones de las autoridades nacionales ni de los  líderes de la oposición, muy entrampados en la discusiones alejadas de los mal nutridos del Impenetrable y de los niños muertos de los tareferos.
La pelea políticamente sangrienta por el presupuesto 2011, ¿es por el hambre? ¿Es la médula de la discusión los dos bebés indígenas salteños que se murieron en junio en el departamento de Rivadavia mientras el joven y bello gobernador Urtubey celebraba con fastos a Guemes? ¿O la nena de 15 que cerró los ojos en Cafayate, cuando medía un metro y pesaba ocho kilos y no pudo más?
Hace pocos días no más murió una  chiquita de dos años en Colonia Santa Rosa, a 250 kilómetros del corazón de Salta la linda. Era morenita, de ojos profundos. Nacida en una comunidad originaria. El certificado de defunción que firmó el médico dijo que había sufrido de “deshidratación y desnutrición grave”. Se llamaba Tatiana Tapia y todo el mundo desmintió después que estuviera desnutrida. Menos su familia, 16 que viven en una casita del barrio Las Palmeras, pobre y alejado.
En Montecarlo y en Apóstoles murieron Milagros y Héctor. En Oberá hay dos nenes “en estado desesperante por la desnutrición”. Nacieron hace varios años pero sus cuerpitos son mínimos. La sala común del Hospital Samic no es mejor que las casillas donde nacieron. En Misiones ya han muerto cerca de 250 en el año. Hay otros mil en situación crítica. ¿Es ésta la pelea enardecida por el presupuesto 2011? ¿Están discutiendo por el hambre?En Formosa, en octubre, se denunció la “dramática situación de los niños de dos colonias aborígenes de Ibarreta”. Hay 28 chicos desnutridos y, ante la ausencia del Estado, médicos y pobladores piden que manden alimentos. De cualquier lado, de cualquier manera.
Mientras se discute con uñas afiladas el presupuesto nacional 2011. ¿Alguien habla del hambre? En el país de los alimentos para 400 millones, de la soja precio y cosecha record, de la macroeconomía envidiable, del crecimiento a tasas chinas, ¿alguien discute el hambre?.
En Ibarreta hay un bebé de un año que pesa 5,5 kilos. Debería pesar diez. “Es una desnutrición del 46%”. Es que en el país donde brota alimento de la tierra y se puede pinchar una nube para tomarle toda el agua, los niños se mueren de hambre.
Es el más crimen de los crímenes. El fracaso más atronador de la humanidad. Buitre de sí misma. Ciega. Sorda. Muda.



Ejercicios escriturarios


   Yo ese día no estuve entre los que hicieron la cola. La vi por televisión durante largas horas, como una especie de boyeur que no puede despegarse de su objeto de deseo. Necesitaba ver con mis propios ojos el incesante cortejo de gente que desfilaba. Ahora podía verlo en todo su esplendor, con imágenes a color. Podía verlo con mi mirada adulta, atravesada por la lectura de la  historia, que  como todos saben, no sólo se lee en los libros.

   Agradecí andar merodeando el medio siglo, haber podido preservar en mi retina esas imágenes en blanco y negro que se repitieron hasta el hartazgo durante varios días, interrumpiendo la programación que para ese entonces sólo se podía ver en dos canales, dando vuelta una perillita que mi inconsciente busca cada tanto, como queriendo volver al territorio de la infancia.

   - No pongas el tocadiscos, y menos con esa música. Los vecinos están de duelo, y hay que ser respetuosos del dolor de la gente- repetía Jace por esos días de tortas caseras y vasos repletos de chocolatada.

   Dos meses atrás, ese mismo televisor me había traído otra imagen: el Viejo en el balcón  de la Rosada, las manchas de sus manos, los jóvenes puteando contra los gorilas y la burocracia sindical, su voz cascada diciéndoles estúpidos e imberbes a los que gritaban, la plaza vaciándose…
   Y sin embargo, ese 1º de julio volvieron a estar, aunque la muerte les venía rondando desde hacía tiempo.  Vaya a saber qué pensaba cada uno; vaya a saber si imaginaban que iban a convertirse en cadáveres insepultos.
   Ese día las imágenes se me superponían, porque cuando uno asiste a los hechos importantes de la historia, inevitablemente el pasado vuelve a interpelar al presente.
   La noche anterior había estado en el Monumento. Una extraña fuerza me había llevado hasta allá. Yo, que no soy ni peronista ni kirchnerista; yo, que soy de esos dinosaurios que cada 7 de noviembre se levanta celebrando la primer Revolución Socialista triunfante en el mundo, estuve en Monumento. “Si los gorilas avanzan, vienen por nosotros”, pensé. Y sí, fue eso lo que me llevó.
   Hubo quien me preguntó después de manera socarrona si la gente había cantado la Marcha. Lo cierto es que comparado con los muchos que éramos aquella noche, era minúsculo el grupo que lo hacía.
   “¡Qué pregunta gorila!”, pensé en ese momento. Los que nacimos en barrios donde el lujo fue un albur, nos criamos escuchando la marcha peronista, aprendimos su letra aunque en nuestros propios hogares no se cantara.  En la Cerámica los vecinos la escuchaban aunque estuviera prohibida, y entre las fotos que colgaban de la pared, nunca faltaba la de Eva con su rodete y su vestido de reina.
   Cuando era chiquita, entre mis sueños de Cenicienta, estaba ese vestido.
   Los que volvimos a las calles en los ’80, los que nos mezclamos entre mamelucos y camisas de tímidos oficinistas, los que fuimos parte de los 14 paros que le hicimos a Alfonsín, sabíamos que la Marcha seguía siendo un clásico, una parte de la liturgia a la  que los herejes estábamos acostumbrados. No, la verdad es que esas cosas me tenían sin cuidado. Como no soy peronista, puedo decir que el pueblo a veces se equivoca; que las equivocaciones no se miden desde este aquí y ahora en el que estoy parada; que no empezaron el día en que me asomé al mundo, y que las equivocaciones, medidas en términos históricos, pueden durar siglos. Padezco de otros defectos, no de la impaciencia pequeño- burguesa. Soy militante política, y a la impaciencia se la dejo a la militancia hervida, parida en los ’90, a la que creyó descubrir la pólvora a comienzos de siglo, cantando “Que se vayan todos”; a la que hoy se autitula  con el híbrido  de “militante social”, como si eso le otorgara un halo de pureza; a la que criticó tardíamente el discurso de la postmodernidad, pero quedó aferrada a la muerte de las ideologías.
   Esa noche fui al Monumento y me encontré con gente  a la que veo todos los días, y otra a la que hacía mucho tiempo que no encontraba. Esa noche me encontré con un viejo novio que me dijo: “Sabía que te iba a encontrar acá”. Esa noche me encontré con los compañeros sobrevivientes del infierno del Servicio de Informaciones, con los que hace más de tres décadas caminamos juntos para que se haga justicia y los genocidas terminen en la cárcel.
   La noticia de su muerte me preocupó. Pensé en otro 2008 de piquetes con camionetas 4X4,  y  me imaginé a esa grotesca fauna golpista y oligarca celebrando su victoria junto a las rojas banderas de los que salieron a arriar a los pobres de toda pobreza para que aplaudieran a quienes los habían despojado de todo. Pero se quedaron con las ganas.
   Y después las imágenes en colores, ese afuera con su variopinta presencia de gente que llegó por la suya, que apareció en un día sin paro ni feriado, que salió del trabajo y esperó durante horas, como cualquier hijo de vecino, para contemplar un ataúd. Y esa imagen sorprendió a propios y a ajenos. De tal manera sorprendió, que una compañera, entre el asombro y la bronca, con toda la brutalidad que la caracteriza, me dijo: “Había gente como nosotros”.
   Y adentro estaba la viuda con los anteojos ahumados, y los rostros compungidos y apesadumbrados de los que iban a dar su adiós; y también estaban los hombres “del palo” ubicados a ambos lados de la viuda: el de bigotes, que organizó la masacre de Puente Pueyrredón; el que por el camino se ganó la rechifla de las multitudes por haber sembrado de muertos la provincia de Santa Fe; el discípulo de López Rega que dirige la Central sin que nadie pueda hacerle sombra, porque se sabe que los gobiernos cambian, pero el hombre se mantiene. Conoce mejor que nadie las estrategias de supervivencia, sabe que la clave está en venderse al mejor postor y utilizar los vueltos para comprar a jueces que nunca los llamarán a declarar por la causa de la Triple A.
   Y aunque pienso que el peronismo siempre ha sido eso, el rostro bañado en lágrimas  de los que ingresan, la voz del tenor que canta el Ave María, los mozos de la Rosada persignándose, el cuerpo arrodillado del menesteroso que llora sin consuelo, no dejan de conmoverme.
   Desde el chat una  amiga me habla preocupada por el cajón cerrado. Duda de su muerte, piensa en Yabrán; se pregunta por qué en la Casa Rosada y no en el Congreso. Le digo que los judíos tenemos por costumbre velar a nuestros seres queridos a cajón cerrado, y que la respuesta a su última pregunta se la puede dar una periodista que alguna vez supo ser de izquierda y hoy trabaja para Clarín escribiendo artículos mediocres. Me responde que Kirchner no era judío, y que  no dice estas cosas por gorila, sino con la genuina preocupación de quien desde el 6 a 0 a Perú dejó de creer en todo. Por supuesto que le creo.
   Taringa me lleva a una página de los milicos en la que rondan distintas hipótesis: no se murió, es una farsa; se murió, pero no de muerte natural, acá hubo suicidio; el cajón no tiene la longitud que corresponde a su altura, el cajón está vacío.
   Un periodista oficialista sale a los dos días a responderle elípticamente a los milicos. Su condición de niño mimado de este sector de la burguesía lo habilita a describir el entierro con lujo de detalles y a explicar el por qué de cada cosa.
   La diva de los almuerzos hace su show ante las cámaras. Se ha puesto un vestido al tono para la ocasión,  sobre el que luce una elegante flor negra. Llora unos segundos la diva, y luego se sienta. “¿Por qué el cajón cerrado? La gente dice en la calle que el cajón está vacío”, increpa la octogenaria.
   Mariano Szkolnik le responde con una pieza magistral en la que habla de la victoria de la vida sobre la muerte, y con la certeza  de quien sabe cuántos verdugos se sentaron a  la mesa de la cultora de la barbarie, remata con la memorable frase: “Señora Legrand: los únicos cajones que permanecen vacíos son los de los treinta mil desaparecidos. Por una vez en la vida, vieja de mierda, tenga decencia”.
   El debate por izquierda se abre encendido. Todos se disputan la lista más larga de lo que el hombre no hizo o hizo mal  , como si haciendo cada una de esas cosas que le reclaman el capitalismo dejara de ser tal. Porque en definitiva ellos también aspiran a los parches dentro del capitalismo, aunque su prosa se cargue de fuegos.
   El juego es entonces omitir lo que hizo, y por lo tanto omitir las razones por las cuales la gente apareció, se hizo visible,  como si hubiese brotado de las baldosas.
   Claro que es más fácil moverse en un mundo en el que a todo te dicen que no, porque si te dicen que sí, se “apropian de tus banderas”. Claro que era más sencillo disputar con los otros. Claro que los populismos te meten en un baile que no te gusta bailar. Te obligan a argumentar y salir de la consigna, te obligan a escrutar en el presente y el pasado, y por sobre todas las cosas, te obligan a indagar sobre el lugar en el que vos estás plantado.
   Y hubo quien me dijo que debíamos tomar distancia de los hechos; que sí, que hubo gente, pero que éste no fue como el velorio de Evita o el de Perón. Y a mí que la muerte de las grandes figuras me desata el morbo literario, se me dio por citarle una parte del cuento de Fogwill porque me copan los tipos irreverentes: “Este velorio, comparado con el de Evita es un fracaso total”. Y después agregué: “Claro que no estaba todo el pueblo, tampoco lo estuvo en el 52 ni en el 74. Por darte un ejemplo, Tate no estuvo en ninguno de los dos velorios”.
   No se puede tapar el sol con las manos, y creo que es eso lo que genera la furia de algunos. Digo de algunos, porque otros entendieron bien la cosa, y como burgueses que son, no tienen un pelo de tontos y saben que la gran teta del Partido Justicialista los acogerá, como cualquier madre hace con un hijo travieso. El problema se viene para los que no forman parte de esa inmensa teta, para los que por derecha toman cursos de denunciología en el Congreso, y también para los que van  por izquierda, y se enojan con viejos compañeros de ruta porque alimentan al mito.
   Y entonces caigo en la cuenta de que los cadáveres de la Nación desatan pasiones poco frecuentes, y hasta pareciera que el cielo hubiera hecho su propio conjuro.
No consulto en los datos meteorológicos de aquellos días. Vuelvo a leer el cuento del viejo Onetti y me detengo en uno de sus párrafos: “Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin de julio; en una fecha abundante en crueldades, en frío, viento, aguacero. De los cielos negros de nubes y noche, caía una lluvia lenta, implacable, en agujas que amenazaban ser eternas.” Caigo en la cuenta de que en el cuento “La cola” de Fogwill, la lluvia se desató al segundo día de las exequias de Perón, y que también, por esas casualidades de la vida, acá en Rosario, ciudad del Che, el cielo se puso a llorar antes de las ocho de la noche del día 27.
   Y pienso entonces, que si algún memorioso hace registro de estas coincidencias, tendrá más que poderosas razones para avivar el mito, que seguramente no será igual que el de Eva, al que tantas páginas le dedicaron las letras argentinas. Porque a decir verdad, hay que ser ingenioso para transformarla antes de su muerte en un hueso al que las multitudes animalizadas se acercan a adorar a la Plaza de Mayo; para mostrar el odio de clase en la imagen de una muñeca colocada en una caja de cartón a la que se le rinde culto en un pequeño altar de los arrabales; para esperar que una mosca verde impida que la embalsamen, baje antes de que le inyecten los fluidos y se pose a descansar en sus labios abiertos;  para endiosarla, buscarla; interpelar a un coronel que dice que la enterró parada como a Facundo porque es un macho; fabricar réplicas de su cadáver;  amarla, odiarla, resucitarla, fornicarla, imaginarla repartiendo merca en una pieza habitada por maricas y un marinero, o simplemente hacer que la piedad brote por los pespuntes.
   Y es al día de hoy que me sigo repitiendo frente la imagen del mito que se construye a partir del hombre que hizo descolgar los cuadros, que los burgueses son muy inteligentes; y que su inteligencia  nos obliga a desafiar la propia, si es que queremos de verdad torcerle el brazo a la historia y hacer que la balanza de la justicia se incline hacia el lugar de los ofendidos y humillados.
   Mientras tanto, mientras este nuevo Cadáver de la Nación se agiganta gracias a los buenos oficios de escribas, guionistas y méritos propios- ¿por qué carajo negarlo?-, mientras llego a la conclusión de que mis ejercicios escriturarios no encajan en ningún género,  repito los versos de Sylvia Plath: “Morir es un arte como cualquier otro. Yo lo hago extremadamente bien.”
                                                           Claudia Abraham




 
Otra muerte de un Veterano de guerra de Malvinas
Los suicidios y las muertes de los veteranos de la guerra de Malvinas siempre actuaron como termómetros, parámetros, indicadores de lo que pasaba con ellos. Más allá de la dramaticidad que esto implica, o precisamente por ella es necesario hacer un análisis sobre esta cuestión.
El suicidio es un no dar más, es el basta terminante,  absoluto, después de él la nada. Es demostrar que todo intento personal o colectivo ha fracasado.
El suicidio es el fracaso de todo el entorno familiar, profesional, social, o por lo menos es sentido así. Nadie pudo hacer nada por él, solo le quedó la muerte. Es la muerte siempre presente, si ella fue  amenaza durante la guerra hoy es buscada como aliada.
Es necesario reconocer que  nunca se  estudió seriamente las muertes de los soldados luego de la guerra, nadie sabe a ciencia cierta cuantos son, quienes y donde murieron, cuales fueron las circunstancias de cada caso para poder establecer parámetros, solo ideas, presunciones, cifras imprecisas. Es perverso pedirles a los veteranos que sepan sobre esto. Pero tampoco hay instituciones que  hayan investigado la cuestión, como tampoco se ha estudiado el acontecer posterior de las familias cuyos hijos murieron en la guerra.Y hoy tampoco se estudia sobre los descendientes de los combatientes
Hay una experiencia que consideramos necesario rescatar. El INSSJP realizó una Investigación Acción Participativa sobre la salud de los ex soldados de Malvinas durante los años 1996 a 1998. Es necesario enunciar el título del trabajo pues quizá ahí este la respuesta de los logros del mismo, se investigó si, pero al mismo tiempo se actúo en cada caso que fue necesario y se fue plasmando los pasos para continuar con el trabajo. Pero también fue participativa. O sea los objetos de estudios fueron sujetos del mismo, fueron sus protagonistas y responsables. En esos años de trabajo se trabajó intensamente con las situaciones de crisis que iban apareciendo en los jóvenes. Y dio como resultado que solo se suicidaron dos de ellos, todos los demás posibles intentos habían sido solucionados, se había actuado antes. Pero también se actuó en la sociedad      
Concretamente por que creemos que los suicidios disminuyeron durante la investigación:
Lo primero que se nos ocurre es reconocer que se trabajó sobre las situaciones críticas. Cada vez que hubo una alerta se acudió al lugar, y se implementaron los recursos posibles para sacarlo de una situación de riesgo. Para esto se utilizó  lo aprendido por los veteranos en estas circunstancias: rodear al compañero, hablar de Malvinas, buscarle atención médica, procurar internación psiquiátrica, trabajar con la familia, etc.
En segundo lugar, se puso el tema Malvinas en la agenda pública. En cada provincia que se visitó se hizo que se ocupasen del tema las autoridades, los profesionales y los mismos veteranos. Se dictaron cursos de capacitación. Se hizo un relevamiento de la población. Se los estudio, se les hizo análisis, radiografías, entrevistas psicológicas, estudios médicos, se les hizo recomendaciones, o sea hubo un cuidado y una mirada profesional en cada uno de ellos. Es decir, Malvinas fue tema público, por unos días no se la pudo negar y si existía Malvinas también existían los que lucharon allí. Y algunos estaban dispuesto a escucharlos. 
Cuando la investigación se suspende y con ella todo el plan de salud, en solo  6 meses, de enero a junio del 98,  se suicidan 10 veteranos. Quizá sirva esto al menos  para pensar algo.
Esta muertes se debieron  al abandono social y luego a su propio abandono.
Los veteranos se matan porque están  solos.Y solos implica que la guerra es un hecho particular.
Si cada suicidio habla de un fracaso de inserción social, de una imposibilidad de hacer nudo con un discurso social que te involucre, difícilmente alguien  se mate si esta apoyado, acompañado, comprendido en una red continente. La posibilidad que han encontrado los veteranos es estar juntos, porque la guerra es un hecho particular, les sucedió a ellos. No hay inscripción social de ella.
Asumámoslo, la guerra de Malvinas ni siquiera fue oficialmente declarada como tal y así parece ser sentida, una guerra  no fue, no existió...
Gastón, Juan, y todos los demás posiblemente no pudieron ver que el mundo que los rodeaba los miraba, los reconocía, les agradecía de alguna manera el tremendo sacrificio dado en Malvinas. Algunos de ellos optaron por inventarse un mundo imaginario en el que si eran héroes, importantes, convocados por sus conocimientos, por su lucha, o quedaron atrapados en  otros mundos  más crueles, que los lastimaron hasta morir.   
Apéndice
Algo de lo que hemos aprendido. Llamémoslo Pedro, nació en un humilde hogar de un pequeño pueblo chaqueño, el servicio militar lo sacó de allí y luego lo envió a esas islas del sur del país de las que casi nada sabía. Uno de sus jefes les dijo antes de salir que iban a allí a luchar por la patria, y que esa patria era la familia, los padres, su pueblo, los compañeros que iban con él. Eso se le grabó a fuego, aprendió allí que es eso que dicen patria. Y lo respeto hasta el fin en esa guerra incomprensible. Patria era los compañeros que iban muriendo y quedándose en el suelo helado de Malvinas, y sentía que allí debía quedarse si era necesario, no debía abandonar a sus compañeros y volver solo. La guerra concluyó, Pedro regresó. Y a volver aprender a vivir otra vez. Pero comenzó a sentirse muy solo, sin sentido, hizo lo que debía hacer, trabajar, casarse, tener hijos, pero esa soledad estaba ahí, siempre, fue y vino de su pueblo natal. Se afincó en otro y seguía con esa sensación tan extraña en medio del pecho, a veces para callarla o por lo menos para olvidarse que estaba tomaba o se enojaba mucho, o deambulaba. Como hacer para sacársela del pecho si ni siquiera sabia que era, solo dolor que no calmaba. A  veces pensaba tonterías que lo asustaban mucho, no era bueno dejar a la familia sola, era de cobardes, pero no se aguantaba tanta opresión ahí justo en medio del pecho al lado del corazón.
De pronto, comenzó a recibir ayuda, o por lo menos comenzó a darse cuenta que la estaba recibiendo. Sus compañeros veteranos armaron una movida importante en su pueblo par a que de una vez por todas reconozcan y respeten a Pedro (el único héroe de verdad de lugar según algunos profesores).  Dejó de ser un ente olvidado y criticado en el pueblo, y comenzó a ocupar el lugar que le correspondía, de pronto desde los chicos de las escuelas hasta los vecinos empezaron a preguntar sobre su vida, la guerra, los compañeros, y Juan empezó a hablar, en público, en privado. Ya no era un resto innombrable de algo de lo que no se hablaba, era un héroe, un veterano de guerra, que estaba entre todos y que debía ser reconocido como tal. Pedro volvió a estudiar, fue ascendido en su trabajo, y milagrosamente ese dolor en el pecho se fue. Ahora se viste de gala y cuenta ante el pueblo que lo mira con respeto y cariño de su lucha y lo hace en nombre de los que ya no pueden hablar y de él mismo. A quien le pregunte Pedro puede decir que por fin es feliz.
Quizá esta  historia, absolutamente real y actual, nos de algunas respuestas sobre tantas preguntas sobre los suicidios de los veteranos de Malvinas. Pedro necesito saber que su sufrimiento y la vida que los soldados habían dado por la Patria, hoy es  reconocida por esa  Patria.
Psicóloga M. Cristina Solano
Terapeuta de Veteranos de guerra de Malvinas

OPINION SOBRE LAS SENTENCIAS POR CRIMENES DE LESA HUMANIDAD EN ROSARIO.
Por Norma Rios, Presidenta de APDH Rosario.
A pocos días de la condena a prisión perpetua en cárcel común a cinco genocidas en la ciudad de Rosario, algunas reflexiones que no se pueden evitar, y que seguramente se sumarán a muchas otras de tantos protagonistas de estos hechos:

La satisfacción que produjeron estas condenas no alcanzó de ningún modo a tapar el profundo dolor por el asesinato de Silvia Suppo, un crimen político disfrazado.

Tal como tantas veces lo dijimos, los genocidas no se arrepintieron, y no hablaron, no dijeron donde están los cuerpos de los compañeros y las compañeras desaparecidos. Sólo Constanzo, en su papel de buchón entregador, tiró datos a medias con la ilusión de zafar.
Los demás afirmaron ser inocentes (todos) pero tanto Amelong, como Fariña  y Guerrieri, no olvidaron amenazarnos a todos los militantes del campo popular  en la última audiencia.

Todos sabemos que vamos a hacer(“ mis amigos y yo” implícito por lo dicho momentos antes) en  cuando todo esto termine…” y “..esto termina en dos o tres años porque es una cuestión política”…”los tengo a todos grabados por los escraches que me hicieron…” Amelong textual, escuchado con mis propios oídos, entre otras barbaridades que le propiciaba la impunidad del momento.

el ciclo biológico me hizo vivir esa época de nuestra Argentina”…”por mi lugar en la cadena de mandos no era el hacedor del destino de nadie” ..simplificó  Guerrieri, el máximo asesino del grupo, el más sádico y quien daba las órdenes.

Pagano tuvo la desvergüenza de decir sólo “soy inocente” pero al menos fue corto. Y agradeció a su defensa, que por cierto para ser abogados de oficio, del Estado, pagados por todos nosotros, en algunos casos se pusieron la camiseta de los genocidas de manera vergonzosa, tal el caso de Mariana Grasso y Héctor Galarza Azzoni.

A Fariña, tuvimos que escucharle, entre otros ejemplos, cuando ya el asco nos estaba ahogando a todos, “que fue formado bajo los principios sanmartinianos y que ha sido instruido para ser un soldado de la patria” en obvia alusión a la obediencia debida y por lo tanto ratificando  “su inocencia”.

Pero lo que más me impactó, al menos personalmente, fueron algunos dichos de Constanzo: su denuncia de los criminales y donde están y de los asesinatos que ningún Juez Federal le tomó en cuenta; su deseo de no ser “un Febres, un Julio López o Silvia Suppo”, dando por descontado que a Silvia la mandaron a matar,  mezclando en forma  malintencionada un genocida que fue silenciado por sus pares con los compañeros que dieron su vida por testimoniar. 
Y un ejemplo que demuestra lo más horroroso de la historia de estos largos años de impunidad: lo genocidas están entre nosotros porque no son locos, monstruosos, enfermos, perversos ni seres especiales, su aparente humanidad los hace más temibles.
Contó Constanzo: “nos mandaron a cavar un pozo a Roscoe, a Isach, a mí y otros (nombra varios represores), porque le estaban pegando a Remo –un detenido desaparecido- le ponían sal en la boca, las heridas, lo pateaban, golpeaban y yo pensé .. “a éste lo van a matar” … “y entonces me fui a mi casa a almorzar”…

Los jueces, después de esto y mucho más, cuando sacamos las fotos de los compañeros preguntando ¿Dónde están los desparecidos? nos hicieron desalojar con la gendarmería.

No obstante la sentencia, que fue lo que se pedía, la máxima condena posible en nuestro  sistema legal, las declaraciones del presidente del tribunal en un diario local diciendo "Este juicio me cambió la perspectiva de lo ocurrido luego del golpe de Estado del 76"… y más adelante….”como lector de todo este proceso previo o posterior al golpe de Estado, tenía una visión de las cosas, digamos una visión ideológica, es decir uno puede compartir una posición o estar en la otra, pero todo ideológico. En estos siete meses me di cuenta de la tortura, el homicidio y sus formas y las agravantes, a las que nunca imaginé” nos permiten decir que ayudamos a conocer algo de nuestra historia reciente nada más ni nada menos que a un juez Federal de la Nación.

Una  sentencia “ejemplar” que llegó gracias al imponderable trabajos de muchísimos compañeros y compañeras a través de los años, llegó tan tarde como para que muchas Madres, militantes , ex-detenidos, familiares, querellantes, no pudieran disfrutarla con nosotros. ¿Es Justicia la justicia con 30 años de atraso?

Sí estuvo sin dudas la alegría de haber resquebrajado los innumerables, complicados y profundos lazos y procesos de complicidad entretejidos a lo largo de los años con el mundillo de las poderosas empresas, los sindicatos burocráticos, los políticos de diversa laya y el silencio...,  siempre el profundo silencio que tapa tantos personeros que aún no salieron a la luz.
El sentir a través de las risas y las lágrimas que los compañeros estaban allí, junto a nosotros como nunca.
El saber que debemos continuar con más fuerza, con más determinación hacia los juicios que vienen.
La certeza de que haber estado allí cada día durante todos esos meses, con frío , calor o lluvia, adentro o afuera, haciendo el aguante, marcando y denunciando cada hecho de los tantos que debimos sufrir de menoscabo a nuestra lucha y nuestra presencia, no había sido en vano.

Pero una tremenda deuda nos queda pendiente a resolver para los próximos juicios:

NUNCA PUDIMOS ENTRAR NI CON LAS FOTOS DE LOS DESAPARECIDOS/DAS
NI CON NINGUNA IDENTIFICACIÓN DE NUESTRAS ORGANIZACIONES,
QUE YA TIENEN GANADOS TODOS LOS DERECHOS A PORTARLOS EN CUALQUIER SITUACIÓN Y LUGAR.

TAREA QUE NOS ESPERA, SIN DUDAS.

NO OLVIDAMOS, NO PERDONAMOS, NO NOS RECONCILIAMOS
  
Rosario, 26-04-09
PUBLICADO EN BLOGS: VIENTO EN CONTRA Y MEMORIAS DEL LUGAR 
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DESAPARECER.
Por Martta Ronga (Ex detenida).
Para Hugo Mation, mi amigo “El Hippy”, a quien le tocó la ingrata suerte de desaparecer por nuestras ideas, en uno de esos lugares ignotos de nuestro terrible país que todavía espera sus esperanzas de siempre, que todavía sufre sus dolores de muchos, y que se levanta sin embargo, con el corazón lleno de proyectos para empezar el día.

El desapareció casi empezando el invierno de 1976

Y con el desaparecieron sus palabras, la potencia de su cuerpo joven y su mirada….su bellísima mirada en el horizonte.

Y por más de 30 años resonaron su voz y las imágenes de sí como espejismos, sueños, reencuentros, vislumbrados en la espera, a veces congelado en las fotos de entonces y otras, imaginando los horrores de sus tormentos relatados por algún sobreviviente de algún campo.

Con la sangre fluyendo de sus oídos, con ese ensañamiento imperdonable quebrantándole el cuerpo, con esa forma inequívoca y brutal de querer derribar sus fortalezas, intentaron confiscarle sus convicciones y los nombres de sus compañeros, como a tantos.

Con la angustia, la pena, el horror en la piel de gallina y el miedo lo esperaron, lo buscaron.

Lo buscaron y no lo encontraron. Y mientras los años pasaban supieron que a muchos los tiraban al río de La Plata…

Tanto tiempo pasó que los padres murieron de ancianos y su nieto, hijo del hijo desaparecido, le cumplió a sus abuelos un postrero reencuentro: esparcir sus cenizas en el río, para estar cerca ya que no pudo ser en la vida, después de la muerte…moléculas de polvo en el agua, en el viento, amalgama de amor volando contra el azul del cielo imagino, energía más energía simbólicamente sublimada, mientras Bruno con su juventud que sabe de muerte, de ausencia y de pena agitaba esas cenizas para que esto que si era posible, fuera.

Y así fue que entre agua y polvo, desaparecieron.

Para siempre, para siempre, para siempre, unidos en ese vinculo que no pudieron desaparecer…

Y mientras el desaparecido Hugo sostenía sus principios y los últimos días de su vida, crecía sin pausa la vida de su hijo, tibio y escondido en la panza de María Rosa que se quedó esperándolo donde vivían hasta la mañana. Ella evaluó las mejores posibilidades para él: retraso, después que lo habían llevado preso y cuando pasaron varios días, que estarían por legalizarlo en alguna cárcel del país…porque quién podía imaginar entonces un campo de concentración?

Pero después de entonces, no solo no volvió, sino que por años nada se supo de él.

Se quedó esperándolo todos los minutos de esa larga noche y al mismo tiempo, pensando qué debía hacer. Y a la mañana tomó una decisión: se subió al 60 y salió a buscar a algún compañero a través de las ventanillas. Alguien que pudiera andar en las esquinas donde frecuentemente se hacían citas, en las calles de los barrios de esa inmensa Buenos Aires. Hasta que vio una cara conocida y se bajó.

Era urgente esconderse. Tenía que juntar algunas pertenencias, abandonar el lugar donde vivía y dejarse llevar a una casa segura…. El quedaba en ese extraño limbo en el que se esfumaban los militantes que no volvían. Para ella había comenzado la huida

Era la casa de una familia, vecinos del barrio con sus trabajos, hijos y rutinas, pero adentro de las habitaciones, insospechablemente amontonados vivían muchos otros que como ella, habían quedado expuestos.

Compañeros del mismo partido en cuidadoso silencio, eran ahora retazos de esa trama que la desaparición o la muerte habían reunido.

Seguir viviendo esta otra vida extraña y sin embargo irrefrenable. Un compás de espera donde la mayor parte del tiempo era mantenerse alerta y en guardia para que esa casa no caiga, abroquelados, cuidadosamente solidarios .

Y como María Rosa estaba embarazada, dormía en una cama aunque hubiera turnos porque no alcanzaban y tapada en la caja de la camioneta del jefe de familia, la llevaban al hospital para los controles médicos corriendo los riesgos imaginables. Una comunidad de personas organizadas, perseguidas o probablemente buscadas…Hasta que alguien que conocía la dirección también desapareció y todos los ocupantes tuvieron que irse por las dudas, incluido el dueño de casa y su familia, esta vez, cada uno a donde pudiera.

Ató con una soga la valija con el ajuar, el dinero que le dieron, la carta que él le había mandado y su foto carnet y a sabiendas que clausuraba su vida militante fue a tomar el tren para volver a Rosario…porque le bebé en algún lugar tenía que nacer…

Supo que era la huída final, que el último bastión había caído, que su lucha había sido vencida y sus compañeros de militancia diezmados. Ella con sus convicciones intactas, con su rebeldía y su bronca, tomó el tren y fue a la casa familiar, aceptó las reglas que impuso su hermana y volvió al mismo mundo del que se había separado para hacer una revolución que lo diera vueltas patas para arriba…

Y aunque Hugo el desaparecido no aparecía, la pancita se hacía cada vez más evidente, moviente y un día de ese mismo invierno, el hijo del desaparecido, nació.

Contra viento y marea nació. Con su voz que no pudieron hacer desaparecer saludo el aire, el sol y el cielo rosarino. Y siguieron juntos y sigilosos los dos, porque la crueldad de entonces no permitía que nada que había pertenecido el desaparecido apareciera…. Menos un niño

Nació de madre primeriza acorazada en sus principios, nació de su pequeña estatura, de su soledad, de su miedo, de su coraje, de su firmeza en medio de la muerte amenazante y cotidiana.

Allí no hubo lágrimas por la pareja destrozada, los desencuentros familiares, el riesgo de su propia vida, el silencio de sus propios sueños, allí hubo una situación límite urgente e inapelable en el más absoluto y colectivo anonimato.

Y a pesar de la inexperiencia de sus poco más de 20 años, a pesar de sentir como agujas en su carne joven los suplicios de él, su posible asesinato y su prematura viudez, la fuerza llegó de algún lado, es más diría, justamente por todo eso, se plantó aún con más garra en la vida, a proteger a su hijo que era lo único vivo que le quedaba

Y bajo la mortaja de plomo del desaparecido-querido, además de parirlo, lo anotó con su propio apellido para que tuviera existencia jurídica.

Es que el desaparecido no estaba ni vivo ni muerto, no podía tener herederos, no existía en el registro civil su categoría…

Así fue como a Bruno, aparte de desaparecerle el padre, heredó un apellido desaparecido…

Y María Rosa honró la vida con la fuerza de su memoria intacta y su silencio obligado: se mudó a una pensión para los dos, acalló su gran amor por Hugo y encapsuló el pasado. Su vida se salteaba un capítulo entero, el más intenso, el que había elegido y caminado con él, que no podía ser contado en las charlas con sus vecinos, con los compañeros de trabajo y se evitaba cuando no se criticaba abiertamente en la familia.

Hasta que hubo un interlocutor que se enamoró de ella, y la quiso así como venía, con hijo, con historia de desaparecidos y en esa necesidad de soñar de a dos, se casaron y ella con él fue nuevamente madre

Así llegaron a la vida de Bruno un papá de carne y hueso y después, un hermano y entre los cuatro formaron una particular familia con dos padres, uno cotidiano, presente, generoso y conocido que le da su apellido y así lo protege del estigma del desaparecido y el desaparecido que está en el portarretratos, siempre joven, conocido como un cuento accesible a la medida de sus años. El desaparecido que lo amó tanto que le estaba construyendo un mundo nuevo para cuando sea grande.

Democracia, inflación, argentina de los 80, de los 90, hay que trabajar, vivir, y Bruno estudiar…ciencias duras con su inteligencia analítica como su abuelo ingeniero, como su padre!

Su abuelo Aldo inventor de inventos aplicados a la industria, con criterios de sencillez y economía, el que asistió y acompañó a María Rosa durante el embarazo en lo que fuera necesario y posible, y después que nació su nieto no solo lo colmó de protección y afecto, sino de su ingeniosa paciencia para trasmitirle su curiosidad, sus conocimientos y enseñarle jugando el uso de muchísimas herramientas. Ese abuelo que aprendió a pescar solo porque Bruno quería ir de pesca y que por ese y muchísimas otros momentos grandiosos hizo de esos fines de semana en su casa de Arroyito, una verdadera fiesta.

Un padre- abuelo que tuvo en presente a su hijo hasta pocos días antes de su propia muerte: en un maletín ordenado, impecable, con los papeles importantes de su vida, dejó una nota titulada: HUGO con su caligrafía pareja hasta que en las últimas líneas ya la mano que escribía no pudo trasmitir al papel lo que deseaba su corazón y su cabeza. Una carilla donde sentía que le quedó pendiente contar la historia de su hijo Hugo.

Y el desaparecido sigue apareciendo cada día porque a Bruno ya no le alcanza lo que en el seno familiar se sabe: va al encuentro de quienes pudieron conocer otras anécdotas, otros amores, sus compañeros y amigos. Va al encuentro del mundo al que eligió pertenecer y que legitimó su vida.

Así va escuchando retazos, facetas, y construye como un mosaico, su propia historia, con las voces temblorosas de los que la sobrevivieron, buceando en el corazón y la memoria las luces y sombras de aquellos años. Y en ese encuentro se teje un nuevo vínculo, profundo, cerrado con el hilo fino de la memoria, ese encuentro de dos generaciones transidas por el dolor, la búsqueda y las necesidades mutuas de fragmentar el silencio y poner en palabras las verdades del pasado.

Saber que existe, conocer este hijo, que viene a incluirse en nuestra vida, ahora tan joven como nosotros entonces y sentir que él es el heredero de lo que con su padre compartimos, que él es el resguardo de lo que sin saber para qué, atesoramos, y que sin siquiera proponérnoslo, el pasado se va enriqueciendo con preguntas impensadas en presente que matizan de anécdotas sobremesas sorprendentes y conmovedoras que se alargan por horas .

Así nos hicimos amigos, trabajamos juntos, él nos vio ir envejeciendo, nosotros lo vimos enamorarse, formar familia, bajo el techo de su casita rosarina de la que hemos hablado hasta el cansancio últimamente, porque como desde que nació Renzo ya no caben adentro estamos nuevamente juntos, en el proyecto de ampliarla.

Entre planos, presupuestos y detalles, cochecito de bebé papillas y pañales en manos de Laura, dibujitos de Candela y comunicaciones telefónicas de la planta eléctrica requiriéndolo porque Bruno está de guardia, el proyecto avanza, contra viento y marea avanza, con el corazón en la mano, la memoria en presente, avanza, como siempre. Mientras escribo este texto, ya solicitamos el permiso, tenemos el cartel de obra y esta tarde volvemos a reunirnos para ajustar más detalles. Según el plan, en marzo iniciamos los trabajos.

A lo mejor por eso sentimos que la vida no se derrota, que el hijo está allí brillante, curioso, entusiasta, perseverante y digno absolutamente digno de ser el hijo de aquel joven estudiante de física que conocimos !

Entonces él era el novio de mi amiga, compañera de estudios en la facultad de arquitectura que quedaba en el mismo piso que el departamento de física de la facultad de ingeniería. Entonces él tenía su fino cabello castaño hasta los hombros, y venía de visita a la casa de estudiantes porque La turca, mi amiga, era de afuera. Y le decíamos el Hippy porque igual que nosotras, usaba pantalones anchos y bordados con flores, cinturones con tachas, collares artesanales y tocaba la guitarra eléctrica o la batería ajustando los acordes en la misma pieza donde estudiábamos. En esa misma pieza donde yo tejía chalecos al crochet mientras ellos repujaban cuero de carteras para usar en bandolera y clavábamos las capelladas de zuecos imposibles de usar aunque nos esmeráramos en ajustar el diseño para venderlos en la feria. Una pieza con cama matrimonial que desafiaba la decencia de la dueña de casa donde alguna noche de invierno nos metimos los tres, a falta de estufa. Una pieza donde las tertulias duraban hasta que el mate se enfriaba, con una cocinita donde recibimos la noticia de los fusilados en Trelew desde la radio. Y un patio de baldosas gastadas donde él desarrollaba distintas teorías para inventar un dispositivo que pudiera colocarse bajo la piel e impedir el paso de la corriente eléctrica de la picana.

Un patiecito debajo de cuyo pequeñísimo retazo de cielo, pensábamos que así no se podía seguir y discutíamos y leíamos cuanto propuesta llegaba. Sí, porque bajo otros retazos del mismo inmenso cielo había muchos que ya creían que el mundo se podía cambiar.

Entonces eran muchos y ahora el hijo sabe que no es el único, que no está solo, va encontrando a otros padres-hijos con la pena de la pérdida, con la convicción del despojo, con la búsqueda de verdad, con la reivindicación de justicia, en esa extraña mezcla de la grandeza de los ideales y de porque no se quedó en casa, a protegerme, a cuidarme…Va encontrando el abanico de las voces de los heridos para siempre, de las cicatrices que no cierran del todo, de las luchas que no se abandonan porque tercian cotidianamente, en el horizonte de nuestra mirada.

Con la perseverancia de los padres, con la fuerza de los hijos, con el silencio de los cómplices… los desaparecidos se instalan en la vida cotidiana. Sus nombres circulan por las calles de la ciudad en manifestaciones…Y los 24 de marzo, nos unimos para honrarlos a ellos, a nosotros y a nuestro futuro.

Son noticias corriente en los diarios, se indemnizan a sus deudos, se reconocen los centros donde los torturaron y asesinaron, los antropólogos identifican algunos de sus restos y se buscan sus hijos apropiados, y después de amnistías, indultos y perdones indudablemente cómplices, se vuelven a enjuiciar a los desaparecedores .

Finalmente, se les conocen las caras, sus cargos e identidades y sus actos del pasado se convierten en relatos espeluznantes en la voz de los que fueron y son testigos y los condenan sin atenuantes, indefectiblemente, para siempre.

Ya no estamos solos con nuestras historias.

Donde estarán ellos ?

Quisiera creer que mirando el cielo, nos guiña el ojo alguna estrella. Nos gustaría creer en las hadas que curan las heridas con varitas mágicas y nos cumplen los deseos.

Me gustaría inventar alguna historia para Bruno que pueda acompañar sus ausencias, llenar lo que el desaparecedor le sacó.

Desaparecido ausente-presente el dia del casamiento.

Desaparecido ausente-presente en el nacimiento de cada uno de sus hijos/nietos.

Desaparecido ausente-presente en cada cumpleaños, navidad, fin de año.

Desaparecido- aparecido en cada espacio de la casa comprada con el dinero con que lo indemnizaron.

Desaparecido buscado por antropólogos con las gotas de su sangre, roja evidencia que habla del vínculo con su padre que no pudieron desaparecer…

Y así un día el teléfono suena y la voz del antropólogo dice que lo han encontrado por una muela…identificado su cadáver en un cementerio, (esqueleto Nº2) en Avellaneda.

Silencio mortal…entonces no estaba en el río donde navegan solemnes los restos de su padres/abuelos. Entonces esos huesitos, envejecidos de tiempo podrían ser la voz, la fuerza, la inteligencia, la risa y la convicción de ese desaparecido-aparecido de golpe gracias a los avances de la ciencia?

Y ahora, además de abrazarse y llorar el duelo contenido, con el padre presente sobre el padre desaparecido-aparecido y el hermano que no es hijo pero son todos familia, María Rosa se quiebra en mil fragmentos y finalmente llora a su amor, su primer y gran amor, desbordada de tristeza, con su amiga Gra que no lo conoció pero no importa, esto ya es de todos, en medio de Bruno dando la noticia y yo no sabiendo qué palabras decir, en medio de ese estupor, hablamos de cosas que sí se pueden poner en palabras: habrá que ver a quien le entregan esos restos, como se trasladan, qué se hace con ellos, ahora que aparecieron después de 34 años…

Explicar a Candela a sus 6 años que es cierto, que no es una fantasía de cuentos para niños, que se puede desaparecer y aparecer de golpe y que a quien están recibiendo es su pariente, el de la foto en blanco y negro, el marido de su abuela aunque sea más joven que su padre . Desaparecer y aparecer….después de acostumbrarse a la ausencia, aparecer en cuerpo físico, conocer hoy lo que pasó hace años, y reactivar esos afectos adormecidos…

María Rosa, casi en secreto, me lleva al dormitorio. Saca de un lugar cuidadosamente guardadas, una foto carnet, una carta y una esquela que vislumbro con la luz tamizada de la persiana entreabierta. Las dos con la menuda letra de él. Las dos le hablan del amor y del hijo que esperan. Las dos están impregnadas de los proyectos de entonces. Las dos nos envuelven en presente y nos hacen sentir nuevamente como aquellas chicas que fuimos, con esos sueños cuanto más inalcanzables, más firmes, nosotras esa tarde, mientras esperábamos a Maco y Miguel, los antropólogos, deshicimos entre lagrimas y abrazos, el camino de la muerte, de la ausencia y nos sentimos mancomunadas, hermanadas, parte de aquel todo…cuando teníamos poco más de 20 años y el cielo al alcance de la mano.

Yo también tenía algo para entregarles: una carpeta con las copias de los mail en respuesta al mío titulado “reencuentro”. Porque estuve del sábado al martes intentando seguir con mi vida, intentando trabajar hasta que no pude más y envié ese corto mail donde les contaba a los amigos, este duelo-reencuentro, estallando después de tanto silencio.

Y llegaron las respuestas que tuvieron un efecto impensado: no es que acompañaban a sus despojos con el afecto, sino que nos acompañaron a nosotros y llegó otro doblez de esta historia: lo que contó la Turca desde Méjico.

Contó La Turca que tenía dos fotos de Hugo a pesar de haberse casado varias veces y de haberse deshecho de la mayoría de sus cosas a causa de mudanzas en distintos países y ciudades. En una es un niño regordete jugando concentrado y en la otra está en una fiesta con sus compañeros de secundario. Y ella, que no sabía porque las conservó por más de 30 años, ahora que a través de las noticias del hallazgo de sus restos sabe que no solo de él quedaron sus huesos sino, un hijo, ahora le encontró sentido a su gesto. Ahora ella también tenía una herencia que entregarle.

Ella envió esas fotos que reprodujimos y ampliamos y también contó con humor algunas anécdotas de aquel romance. En esa sobremesa donde Miguel y Maco hablaron de informes, planillas, cifras, hicieron croquis y nos contaron los detalles terribles de sus hallazgos, fuimos confortados por la presencia real de esos papeles que a través del mundo virtual nos sostenían.

Así La Turca ingresó a la vida de María Rosa, unidas por un mismo hombre al que amaron en diferentes momentos. Y por la extraña acción de la desaparición y el tiempo, estas mujeres que pudieron ser rivales, hoy se emocionan no solo por el pasado que las une, sino ante la posibilidad de un futuro encuentro.

La turca pregunta cómo es Bruno, si se parece a su padre, que le encantaría conocerlo y yo qué puedo decirle, como describir con objetividad lo nublado, obnubilado por la presencia que sobrevuela mi propia mirada, solo sé que es una persona dulce, querible y responsable, capaz, curioso, brillante y comprometido con la vida y el amor a su familia y al que yo tengo agendado con su verdadero apellido, al que por sangre pertenece, aunque ni él ni sus hijos lo lleven. Para mí él es y seguirá siendo, el hijo de mi amigo El Hippy, el que quería inventar algo para evitarnos el dolor de la tortura, y al que recordé tanto cuando me tocaron los interrogatorios policiales.

Es tan fuerte, impresionante y épico a la vez que creo que ningún desaparecido desaparece, que a la luz de sus despojos su figura se hace aun más visible, sus afectos, sus amores, más vigentes y todos los que los rodeamos somos ineludiblemente su memoria, con o sin apellido.

Desaparecer, terrible eufemismo para tapar: secuestro, tortura humillación, robo, asesinato, ocultamiento del cuerpo…sufrimiento hasta el fin de la vida y sin embargo los años de dos generaciones no alcanzaron para no resucitar esos cadáveres, sacarlos del anonimato e inscribirlos en la historia de nuestro país y en los delitos de lesa humanidad del planeta.

Ahora pertenecen a todos: Hugo con las balas oficiales en las costillas, las piernas y la cabeza, Hugo con los huesos quebrados de su cuerpo desnudo enterrado solo y a la vez junto a 650? otros restos que cuentan el paso a paso, detalladamente.

Qué manos desnudaron, ataron con alambre muñecas, tobillos, vendaron ojos, manejaron picanas, sumergieron cabezas, reventaron oídos, narices, ojos, hígados, riñones, quemaron genitales, cabelleras, pezones, quebraron costillas brazos, piernas, columnas vertebrales, arrancaron uñas, violaron una y otra vez, cuántos oídos escucharon llorar, rogar, gritar, agonizar, suplicar, rezar, delirar, cantar hasta morir, cuantos pares de ojos vieron temblar, sangrar, supurar, parir, nacer, cuántos, cientos, miles, custodiaron, hicieron de comer, llevaron al baño filas de personas delgadas como espectros, encapuchadas, condujeron camiones, excavaron fosas, tiraron a matar, hicieron los informes respectivos con sus propia letra o en maquinas de escribir, adjuntaron fotos ilustrativas en los archivos y se fueron a descansar para recomenzar con su “trabajo” al día siguiente?. Por qué calles circularon sus vehículos con gente trasladada, con muebles robados, sus Ford Falcon verdes y las patotas con armas a la vista mezclados con nosotros, mientras educaban a sus hijos o los que les robaron a los desaparecidos, como pudimos pedirlo, aceptarlo, tolerarlo, creer que era necesario, justo, bueno, que así íbamos a estar mejor, que todo vale, que el fin justifica los medios, que yo no sabía…cuándo nos acostumbramos a los tiros resonando día y noche, a los secuestros en nuestro propio barrio, en nuestro trabajo, en las facultades donde estudiábamos, a los tanques con soldados camuflados para el combate en las esquinas céntricas, a tomar el cafecito leyendo las historias que salían en el diario y a los gritos que traspasaban las paredes medianeras y volaban en el aire ordenado de nuestra vida urbana?

Desaparecer no se puede: por más que lo intentaron con la fuerza del poder, con la impunidad de la justicia, con las armas del ejército argentino, con los hombres de la escuela de la marina, con la aviación controlando los aeropuertos y descargando sus aviones en pleno río , con las misas oficiales bendiciendo en nombre de Dios las acciones de las juntas militares y con todo el dinero de las arcas del estado al servicio de de esa cacería devenida en matanza al servicio de los intereses de algunos privilegiados, disfrazada, como tantas otras veces, de defensa de la patria.

Nosotros renacemos, poco a poco, de ese baño de sangre, nosotros poco a poco volvemos a sentir vergüenza, escalofríos, espanto, y por eso, saber que fue cierto, tan cierto que desangra, que nos hiere mil veces nuevamente, cada vez, cada vez.

Nosotros poco a poco, nos vamos reconstruyendo, volviendo de ese horror que nos salpica todavía, en presente. Nosotros poco a poco, podemos escuchar a los que sobrevivieron, podemos volver a la realidad que somos, que construimos, podemos tomar el peso de nuestros actos individuales y colectivos, a saber que somos parte de un todo y por eso, nuestra opinión, cuenta, vale, suma, construye, fortalece, promueve, permite, degrada, descalifica, segrega, excluye, mutila, aniquila.

Vamos abandonando el todos contra todos, el por algo será, el no te metás, la noción de enemigo, vamos de a poco volviendo a saber que uno no se puede salvar solo, ni sirven los mesías salvadores, que somos un cuerpo social, vamos pudiendo aceptar que esa montaña de aberrantes atrocidades individuales y colectivas, treinta mil veces repetidas, solo sirvieron para reafirmar nuestra condición de país del tercer mundo, nuestra pobreza crónica, nuestras injusticias flagrantes y nuestras miserias cotidianas.

Hablamos con palabras olvidadas, negadas o prohibidas: sociedad, participación, organización, derechos, solidaridad, pobreza, riqueza, trabajo, desocupación. Hablamos de minorías diferentes, de mujeres golpeadas, de las drogas que matan y las complicidades policiales. Del rol del Estado, de su protección, de nuestras responsabilidades. Volvemos a diferenciar lo legal de lo justo, y muchos de los que fueron discursos encendidos se vuelven derechos adquiridos, legitimando la lucha por lo necesario. Poco a poco nos permitimos sentir en la piel nuestros deseos incumplidos y bajando las defensas asoman legítimas esperanzas. Volvemos a creer en que otro mundo es posible.

Si, nuestros desaparecidos se hacen cada vez más evidentes y sobrepuestos a cualquier límite, nos hacen más humanos…

En este fin de 2009, nuevamente, Nunca Más.



Marta R. - 3 de noviembre de 2009-febrero de 2010.

DE MEDIOS INDEPENDIENTES Y CIUDADANOS DECENTES.

Miedo, ésa es la palabra con la que hoy me siento identificada. Pero mi miedo es bastante diferente al que en estos tiempos circula por las cabezas del común de los mortales.  Tengo miedo a esa intolerancia que se desata como un vendaval en el discurso de quienes se autocalifican como “ciudadanos decentes”.
Cada vez que escucho a través de los medios alguna información sobre la llamada “inseguridad” y sus responsables inmediatos, cada vez que escucho a un mortal repetir con toda su ira la información- desinformación que recibió de los medios, cada vez que veo en sus rostros ese gesto que oscila entre el enojo y el asco, me vienen a la mente las imágenes de Adolf Hitler  y de Paul Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda de la Alemania Nazi.
Miente, miente, que algo queda”, es la frase más famosa que se atribuye a Gobbels.Hitler fue aún más preciso en sus aseveraciones: “La inteligencia de las masas es pequeña, y su capacidad de olvido, grande. Por eso hay que repetirles las cosas mil veces”.
En estas últimas semanas, y sin que mediaran muchos días de diferencia, se produjeron tres asesinatos de mujeres con el fin de robarles sus autos. La sugerencia del Furhër se aplicó hasta el hartazgo por parte del periodismo “independiente”. Al clamor de más policías en la calle y a la parafernalia montada por los discursos de un conductor televisivo grosero como Marcelo Tinelli,  que se enriquece a costa de expulsar a la población mapuche de sus propias tierras, de una corrupta como Susana Giménez -de quien la sociedad ya olvidó su delito en la compra de autos para discapacitados y  sus negocios espurios  con Galimberti, Born y el padre Grassi - y de una pacata señora Legrand, que durante años invitó a almorzar a genocidas a su mesa,  se sumaron las declaraciones del padre de una de las víctimas que,  además de exigir la baja en la edad de imputabilidad, salió a cuestionar la asignación universal por hijo.
Uno puede comprender el dolor de un padre, puede entender la angustia y la impotencia ante un hecho tan trágico e irreparable, pero comprender, no es justificar. Pareciera que la ecuación con la que cierra este señor es que la asignación universal es el pasaporte al delito. ¿Será que cada niño que reciba los $180 se comprará un arma?
Intento imaginarme a algunos de mis alumnos de siete años acompañados de sus hermanos más pequeños con una mamadera en la mano y  comprando un arma. No los veo, la ecuación no me cierra. Con ese certificado de asistencia a la escuela que les extiendo, los papás les compran otras cosas: comida, ropa, tal vez un juguete. No veo armas. En todo caso, lo que sí veo detrás de cada certificado es un papá o una mamá que no conocen otra forma de trabajar que no sea en negro. Lo que sí veo son muchos trabajadores desocupados y muchos chicos con el mismo derecho que tienen los hijos de los “ciudadanos decentes” - que sí cobran un salario familiar-  a comer golosinas, a recibir educación,  a ir al club a practicar un deporte, a tener juguetes.
Sé que la asignación no resolverá su problema estructural, que todos merecemos tener trabajo y cobrar salarios dignos, pero no hay trabajo ni salarios dignos; y muchos de los que cobran un salario, emplean a las mamás de mis niños para que limpien su casa, y no les pagan  ni siquiera lo que establece el convenio de empleadas domésticas. Ni hablar por supuesto de los aportes jubilatorios. Pareciera que “esa gente” no merece jubilarse o que las amas de casa nunca hicieran nada. Como si limpiar, cocinar, coser, lavar, planchar y criar a los hijos no fueran un trabajo.
En estos últimos años un millón y medio de personas accedieron  a una jubilación mínima. Una jubilación que compraron, que nadie les regaló; sobre sus haberes reciben mensualmente los descuentos, pero a eso no lo dicen los medios “independientes”.
Los “ciudadanos decentes”, que no saben que ese jubilado pagó  y está pagando su jubilación,  afirman que es una forma de clientelismo, de “alimentar vagos”,  que no es justo que cobren una jubilación si no aportaron antes (aunque ellos mismos no se  la hayan pagado a la mucama o al muchacho que lo ayudaba en el taller mecánico y se hizo viejo trabajando allí). Los “ciudadanos decentes” son tal cual los define Hitler, olvidadizos por naturaleza. Olvidan que hubo gente que en los tiempos del menemato se quedó sin trabajo a los cincuenta años y tuvo que vivir de changas, olvidan que hubo jubilados a los que se les quitó la movilidad, olvidan que esos jubilados, hoy, cobran haberes miserables por obra y gracia de gobiernos pasados y presentes, y no se detienen a pensar que con esas moneditas de jubilación que cobra la esposa del jubilado, quizá puedan comprarse un remedio más, quizá puedan garantizarse una atención médica, quizá no tengan que salir a la calle a mendigar y dar lástima, quizá puedan comprarle algún regalito a su nieto.
Vuelvo a los asesinatos de estas tres mujeres. No hubo un solo día en que los medios dejaran de ocuparse de este tema. No hubo un solo día en el que la “ciudadanía”, en el almacén, en la cola de los bancos o arriba del colectivo dejara de mencionarlo.
 La respuesta no se hizo esperar: con bombos y platillos el gobernador Scioli presentó un proyecto de Código Contravencional, un cóctel que incluye más efectivos policiales, baja en la edad de imputabilidad, represión -  por las dudas- a  los que sean considerados “merodeadores” y a quienes se organicen para protestar.
Mientras el combo se preparaba, durante 24 días la policía buscó infructuosamente a la familia Pomar, inventó miles de calumnias dándoles rango de hipótesis, y el periodismo “independiente” se hizo eco de esas atrocidades sin medir cuánto dolor causaba en  los familiares. La noticia vendía, y los “ciudadanos decentes” la compraban.
Cuando se supo la verdad, el periodismo “independiente” se horrorizó, y la ciudadanía también. Por unos pocos días se habló de la inoperancia policial.
Sin embargo  a los “ciudadanos decentes” se les escapó la noticia de que un adolescente había sido asesinado a golpes  por la Policía Federal en la entrada a un recital de Viejas Locas, como se les pasa por alto cada caso de gatillo fácil. Los “ciudadanos decentes” sólo se ofuscan si las víctimas son rubias. Si son morochos y viven en la villa, todo es dudoso.
Los “ciudadanos decentes” escucharon en estos días que en los crímenes de estas tres mujeres intervino la policía contratando jóvenes sicarios, pero no me consta en mi registro auditivo que hayan hecho un mínimo gesto de repudio o que hayan cesado en su reclamo de más palos contra la gente de la villa.
Los “ciudadanos decentes” siguen diciendo que la gente que corta las avenidas reclamando por el plan “Argentina Trabaja” para que el gobierno nacional no lo distribuya en forma clientelar, son unos vagos que quieren cobrar subsidios. Los ciudadanos decentes no saben que para cobrar esa suma de $1300 efectivamente deben trabajar en la obra pública, y que lo que quiere “esa gente” es trabajo. La prensa seria e “independiente” no se ha molestado en explicar este detalle.
Los “ciudadanos decentes” olvidan que detrás de cada chico quemado por el paco, capaz de matar a cualquiera de nosotros por un para de zapatillas, hay narcotraficantes que se enriquecen a costa de ellos, personalidades del mundo de la política  y la televisión que se sostienen con el narcotráfico, policías que hacen sus “adicionales” vendiendo droga y reclutando chicos para el robo. 
A fuerza de repetir las cosas mil veces, el periodismo “independiente” ha logrado que los “ciudadanos  decentes” se unan en un solo clamor: ¡Seguridad, seguridad, seguridad! Los “ciudadanos decentes”, a veces les ponen más palabras a ese término, sobre todo aquellos que tienen  menos instrucción. Por eso no se ruborizan al decir que habría que cercar a los villeros con un alambrado y prenderles fuego. Por supuesto que apelan a la impersonalidad del “habría que…”. A eso ellos no lo van a hacer, pero si la policía lo hace, recibirá sus aplausos. Los otros, los que accedieron a otros bienes que ofrece la cultura, piensan lo mismo, pero prefieren recurrir a la metáfora o la elipsis: la seguridad  consiste en más cárceles, la seguridad son los morochos lo más lejos posible de su vista; y si la violencia policial se hace visible, el mutis por el foro será la solución apropiada.
Sólo si la prensa “seria e independiente” llegara a escandalizarse por estos horrores, habrá de su parte algún gesto que trate de evidenciar  cierta  molestia.
 "La propaganda debe ser sencilla, elemental y masiva. Dirigida a los sentimientos, no a realizar complicados análisis científicos, y ajustada para las entendederas de los miembros de la sociedad menos brillantes. Es para las masas, no para los intelectuales. Los intelectuales siempre han percibido y siempre percibirán a la propaganda como trivial, anticuada e incluso ofensiva, se haga como se haga. Y debe ceñirse a unas pocas ideas, presentadas una y otra vez desde distintos ángulos, pero siempre confluyendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. Es propaganda, no arte ni ciencia. Y debe ser razonablemente realista, pues de lo contrario la experiencia cotidiana del público le hará perder credibilidad”- sentenciaba Adolf Hitler.  Se ve que sus sentencias tuvieron efecto, porque a mediano plazo la sociedad alemana salió a repetir que los judíos, los comunistas, los homosexuales y todo aquel que se opusiera al régimen, representaban el eje del mal.
Los alemanes sabían de la existencia de los campos de concentración. Frente a sus propios ojos se producían las deportaciones, y en ese momento no hicieron nada.
Cada vez que escucho las diatribas de  los “ciudadanos decentes” siento que me encuentro frente al pueblo alemán. Porque el horror no se termina cuando se cierran las puertas del campo y se apagan los hornos crematorios, se vuelve a revivir cada vez que alguien ofende con sus palabras al género humano y habilita con eso  a la violencia.
No soy una intelectual. Soy una maestra preocupada y con miedo a la barbarie que circula desde el discurso de los adultos. Soy una maestra convencida de que  el mejor lugar para los niños y los adolescentes sigue siendo la escuela y no la cárcel. 
Este gobierno no me representa en absoluto. En realidad ningún gobierno me ha representado porque formo parte de la generación de dinosaurios que siguen creyendo que  la riqueza debe estar en manos de los trabajadores, que somos quienes la producimos. Por esta misma razón, no acepto delegar en otros lo que debemos cambiar entre todos, ni acepto que el término “seguridad” se asocie a las balas, uniformados y celdas que me propone la prensa “independiente”.
Quien educa, apuesta a transformar la realidad. Y yo apuesto a que la seguridad se identifique con trabajo, vivienda, salud y educación para todos.

                           Claudia Abraham